martes, 31 de julio de 2018

¡ALBRICIAS QUERIDA “TÍA ANITA”:!

"Tía Anita", radiante de alegría
Esté cóndor, ora alegre, ora nostálgico  y ora  emocionado como  está  hoy,  no puede sustraerse de saludar a  la familiaridad  y engrandecerla, más todavía si se trata de los míos, cercanos en el  afecto  desde mis lejanos   años de adolescencia, cuando  con mis alas  de púber alborotado bajaba,  desde mi Pukutay inolvidable,  a  los  barrios  bajos de mi ciudad  en busca  de mi  aún quinceañera Dulcinea.  Tiempos aquellos en verdad, cuando mi pueblo, ahora lejano, nos arropaba  con su tranquilidad de aldea  celestial  y divina en donde fuimos inmensamente felices.
La  ciudad,  a través del tiempo, por obra y gracia del ingenio innato de sus pobladores, de los moradores,   fue independizando  y distinguiendo sus  espacios geográficos de acuerdo a sus características topográficas  y urbanísticas  peculiares,  dotándoles de  una nombradía  definitiva  y seguramente eterna.  Allá, en los predios bajos de la ciudad, cuyo espacio es dominado por dos de los cuatro  barrios tradicionales de Huari: El Carmen y el Milagro,  a los que se les llama en conjunto “Ura Barrio”, en el límite de estos dos barrios , casi exactamente en la parte central  en plena cuesta o  declive por donde se prolonga  estrecha   el Jr. Ancash  que atraviesa de Este a Oeste la ciudad,  está ubicada  “La Zanja”, tradicional espacio donde otrora moraron familias  emblemáticas de la ciudad  de cuyas ramificaciones  emergieron en el tiempo ciudadanos  honorables e intelectuales de trascendencia   entre los que se cuentan la Dra.  Hilda Vidal,  el poeta Silvio Huertas,  Hugo Huertas y  Abilio Jara, etc.  Un barrio de  troncos genealógicos frondosos   donde destacan Los  Jara, Los Vidal, los Huertas.
El sábado último, 28 de julio, día de la patria, coincidió también  con la celebración de los 90 años de la “Tía Anita”, hija de dos de los moradores  antiguos  y linajudos de aquel lugar: Don Pedro  Jara y doña Carmen Blas, ésta última, dama noble y aguerrida  de carácter bravío e indomable  dueña de una gran prole  que ha dejado en la memoria de los suyos y del vecindario un sinnúmero de recuerdos entrañables  e imperecederos que de cuando en cuando en familia  las evocamos y disfrutamos.  Justamente la “Tía Anita”  ha heredado esos rasgos de su progenitora con el añadido  de su generosidad   y sentido del humor contagiante.  Este cóndor agradecido, rinde pues homenaje a la flamante nonagenaria,  y lo hace  con la misma fuerza del cariño y afecto recibidos,  tanto de ella como de sus hijos: Elenita, mi compadre  Fernando, Martha y  de su nieta Katherine,  brillante profesional de la medicina   y a mucha honra mi querida ahijada.
La fiesta ofrecida por sus hijos y nieta, con todos los detalles que la pulcritud, la sobriedad y elegancia aconsejan,   se desarrolló en el distrito  limeño de Jesús María.  La liturgia  de la palabra por la salud de la homenajeada oficiada por el padre Percy Robles Vega y animada por un notable  coro polifónico   que interpretó melodías  del cancionero sacro  de nuestra lejana querencia.  Posteriormente,  en la parte social,  alegre y llena de jolgorio familiar,   se brindó  por   el natalicio  de nuestra querida tía,   respetada  y apreciada  tanto por los suyos  y  cuanto  por la colectividad huarina.  Este acontecimiento unió en un solo abrazo y en un solo corazón a todas las vertientes de los Jara Blas que en todo momento  volcaron sus afectos para hacer de este día no solo un acontecimiento familiar memorable, sino uno de los días más felices de la cumpleañera.    
Mi cariño y homenaje reiterado  para  la “Tía Anita”  que entre hurras del largo tiempo transcurrido   y  que a Dios gracias  no han minado  ni su  vitalidad,  ni su gran sentido del humor; con sus facultades  elementales incólumes  y arropada  del cariño de su familia extensa y unida, ha ingresado al exclusivo “Club de los Nonagenarios de Nuestro Huari”  que,  para bendición y contento nuestros,  ya  suman  varios integrantes,  entre ellos alguno que ya superó la valla del siglo y otros que están muy cerca de superarla . Eso nos alegra, nos motiva, nos  ilusiona  y a la vez  constituye  un indicador de la calidad de vida,  de lo sano de nuestro hábitat, de las   buenas costumbres alimenticias que las generaciones presentes hemos alterado y,  sin que todavía existiera  ni nociones de educación   socioemocional en teoría, ya  en la realidad  las generaciones pasadas lo asumían  en la vida misma, con resultados individuales, donde  niños y jóvenes creo que eran   más felices,  y el resultado colectivo  permitió  construir un mundo más justo, pacífico, productivo y sostenible. Lecciones de vida realmente.
                Concluyo esta nota con  mis recuerdos  a cuestas de  vivencias  en  “La Zanja” junto a mi esposa y mi hijo, barrio al que aprendí a querer y ,  en esta hora,   me incita a la nostalgia  y a la gratitud.  Comparto, para el efecto,  una  suculenta anécdota que tiene harto que ver con mi cariño al barrio de mi esposa:  En una oportunidad,  ya afincado en la ciudad de Lima,  en una de las tantas reuniones de amigos y paisanos,  en  un rapto satírico furibundo, ante  una cordial y atenta pregunta de don Jesús Arias Silva sobre la procedencia de mi esposa,  le respondí con la misma atención y además con solemnidad: Mi esposa es del barrio "Anglosajón"  de nuestro Huari,  de los barrios  bajos, linda milagrina como bien versa una canción huarina,  del árbol genealógico de la Sra. Carmen Blas, provocando en mi ocasional interlocutor  una carcajada estentórea.  Sin proponérmelo, por su paronimia  y homofonía,   logré posicionar este nombre, que en realidad pertenecía  a los pueblos germánicos que invadieron Gran Bretaña en los siglos V y VI,  en los círculos familiares y amicales cercanos, claro está con respeto  y gratitud  a  aquel  espacio de nuestra tierra  perdurable en mi memoria  y que todos los huarinos conocemos como la "Zanja" .  
Con sus hijas Elena y Martha, y su yerno Fernando
 
Con su adorada nieta Katherine
 
Con el cóndor y esposa
Familiares acompañando a la "Tía Anita"
 


domingo, 22 de julio de 2018

¡Hasta la vista Luis alberto!


(Foto Huarilindo: El ilustre huarino  junto a mi hijo Pasculy)
 
Cuando yo  aún era niño,  al llegar los octubres,  mis ojos se entretenían observando el  retorno jubiloso de,  principalmente,   sanjuaninos que  dejando en lontananza las plegarias nostálgicas de la lejanía retornaban,  con sus maletas henchidas de amor,  a su terruño. Pléyade de sanjuaninos inmortales  como Don Cosme Sandoval, mi  Tía Victoria Trujillo,  mi tío  Víctor Márquez Osorio. Llegaban, en alegre tropel,  los Córdova Soto, los Pardavé, los Salas, los Valencia, los Agüero,   y,    con ellos,  llegaban también don   Luís Alberto Rondón Márquez junto a la muchedumbre, resumen de la diáspora esperanzadora  del pueblo y del Barrio, volvían  en caravanas del retorno  a disfrutar de la magna fiesta patronal.Todos ellos sanjuaninos y moradores de la muy tradicional  "calle  capón" de mil historias. 
Hay archivos  privilegiados de la niñez que, cual apriscos, apretados en la memoria,  resultan  imposibles ni de desprenderse ni de olvidar. Ni la  retina, ni  la  memoria, ni el tiempo suelen  doblegarse ante aquellas vivencias. Hoy, en horas de mañana al escuchar la noticia  de  la partida inesperada  de Don Luis Alberto Rondón Márquez,  mi mente activó aquellos felices momentos  de mi infancia y ubiqué  la imagen de este sanjuanino ilustre que solía retornar a  su pueblo todos los octubres   para  hincarse a los pies de la Virgen del Rosario.  En adelante, con el tiempo,   se convirtió, para  este cóndor  entristecido,   en uno de sus íconos por sus dotes de orador y declamador notables y fui premiado con su amistad, con su aprecio, cosa mayor tratándose de una persona decente, proba e  intachable, como pocos.
Se me hace imposible hacer un recuento de su obra, vasta y prolífica por cierto, no tengo el aliento para desmenuzarla.  Hoy,  llegando a casa,  sólo tuve tiempo de  contemplar sus obras,  muchas de ellas que me las entregó con sus propias manos y con afectuosas autógrafas y dedicatorias que al  leerlas no pude evitar  alguna lágrima.   No tengo ni el l aliento, ni la capacidad necesarios  para  delinear un panegírico. Es tan difícil hacerlo tratándose de un predestinado de la amistad,  de un dechado de virtudes,  de  un corpus intelectual  de muchas aristas,  de un huarino pertinaz,  que acaba de abordar la nave sin   despedirse de su  patria,  de su Huari,  de sus amigos y  de su gente.
Cuando el baldazo aleve de agua helada  nos empapa el alma, nos estruja el corazón, nos inmoviliza en la reflexión  y los labios automáticamente lanzan  imprecaciones al  sino inentendible de la vida, y  los   por qué y por qué de los designios no entendibles  de un  Dios que dice amarnos y sin embargo nos arrebata súbitamente a  seres humanos valiosos  a los que  atesoramos. El inmenso Vallejo con su irreverencia y su profundidad oceánica escribió alguna vez:  “Hasta cuándo este valle de lágrimas, adonde yo nunca dije que me trajeran”. Y así nos deja Luís Alberto, sumidos en el dolor y con el alma y los ojos empapados de lágrimas, sin  ni entender, ni asimilar su súbita partida,  y dejando  valijas repletas de vivencias, de enseñanzas, de ejemplos, como el buen maestro, literato, amigo y cobarriano que fue. Y justamente   en su postrera  obra “De las  Valijas del Viajero” encontré este poema  que tiene rasgos de proclama, aires  de resignación dolorosa y algo de premonitorio:   "He recorrido tanto  y contento, pero aún,  no he llegado todavía. Estaré andando todavía, por esta vía, siguiendo mis propias huellas, buscando retomar el camino de mi destino; hasta que se acabe la vida mía. Ya no escribiré más, porque ya mis manos me tiemblan y no me hablan; pero seguiré  contándoles oralmente especialmente, a los niños  y a los jóvenes  de mi estancia"
 
No caben adioses cuando quién parte ha dejado hondas huellas, no hay espacio para el olvido para quien ha superado el trance de su muerte con la fuerza de su legado intelectual, familiar  amical y profesional. Seguiré y seguramente seguirán sorbiendo las generaciones presentes y futuras, principalmente de nuestro Huari, los versos de Marfil, su poemario  mejor logrado,  Marfil:  pura, blanca y dura luz  y razón  de su verbo. Ese milagro sublime    que reúne en un mismo culto , en una exaltación común y en fervor colectivo a todos los hombres capaces de sentir y amar , a los pequeños como a los grandes , a los pobres  como a los ricos, a humildes como a poderosos. Te debemos eso sí, mi siempre querido y respetado Luís Alberto,  un recital a la altura de tu nombre y tu legado, y lo haremos con tus amigos del “Grupo Paccha”, aunque tu ausencia física  nos  impida  saludarte con el afecto  y la admiración de siempre. Tus versos hablarán por ti  y cuando todavía  eso ocurra, sentiremos  la tranquilidad de la despedida.  Nos cuesta  asimilar este duro momento, lo digo por el “Grupo Paccha”, por Homero Zúñiga, Ricardo Huertas,  Edwin Zorrilla, cuyas llamadas  llenas de consternación abrieron el telón imaginario de  horas y minutos  de dolor  por tu partida. 

domingo, 3 de junio de 2018

FRANKLIN, NUESTRO CAPITÁN


LA ROSADA GLORIOSA -  OCTUBRE DE 1983
                La vida  a pesar de su  esencia  “breve”  y "fugaz", suele ser también   generosa,  hermosa  y  jubilosamente trascendente, y lo es más cuando su tránsito  no es  una línea  rectilínea, ni melodía  monocorde, más al contrario es un camino  ondulado y orillado de exuberantes  parajes  vivenciales y de cantos y de versos inacabables.   Y hoy celebro la vida, a pesar que la muerte me  respira en los poros y pretende  hacerme llorar  y proferir diatribas contra  el sino trágico que muchas veces la envuelve. Y no voy a llorar  a pesar que la noticia de la partida de Franklin Mori, mi compañero de  muchas  batallas  deportivas, casi todas  defendiendo la divisa incambiable  de nuestro viejo San Juan, horadó mi mente y mi  corazón en esta tarde sabatina, lejos del epicentro del dolor  sanjuanino por la pérdida de uno de los suyos, de uno de los nuestros.
                Rindo homenaje a la vida, persisto, aunque mi obstinación resulte enojosa y poco entendible.  Y  lo hago porque la felicidad se pinta también de coraje, de compañerismo, de sudores, de arengas, de festejos, de goles  y  de glorias  irrepetibles y únicas, como cuando  junto  a Franklin Mori,  nuestro trejo capitán,   ganamos,  y con harto merecimiento,  el primer campeonato distrital de futbol  "Copa Perú" en el lejano 1982. Aquél año memorable se sentó una de las bases  más sólidas de la historia futbolera de nuestro amado “Pukutay” y lo hicimos, en gran medida, bajo el auspicio de su veteranía y  liderazgo. Un equipo conformado, en su mayoría, por bisoños y atrevidos adolescentes que no llegaban a los 17 años,   coronamos uno de los sueños que todo púber abriga , levantar una copa importante a tan corta edad y teniendo al  frente, en los equipos rivales,  una pléyade de futbolistas cuya jerarquía hizo aún más meritoria aquella  hazaña considerada de las  más importantes de nuestra mocedad, futbolísticamente hablando.
Por todo aquello celebro la vida y le doy las gracias en nombre de quien fuera  el capitán de  nuestro equipo  y lo hago ahora inclinado a la bella  inspiración  de  Violeta Parra, cuando dice   “Gracias a la vida que me ha dado tanto,  me ha dado la marcha de mis pies cansados; con ellos anduve ciudades y charcos,   playas y desiertos, montañas y llanos, y la casa tuya, tu calle y tu patio” .  Gracias Franklin,  amigo, cobarriano y  colega en los años de docencia en el Pedagógico de Huari, gracias por haber infundido  bravura, garra y temperamento  en aquella generación de bisoños deportistas y en su momento ser el adalid  incuestionable de nuestra gloriosa rosada, dirigida por el Maestro Humberto Lora Pardavé y presidida por  mi querida tía  Alicia Veramendi de Avendaño.
En esta noche sabatina de crespones negros  que rasgan   el alma de la gloriosa divisa rosada,  comparto con ustedes mis amables lectores, la mayor razón de mi homenaje y agradecimiento a Franklin Mori, es una razón personal, mía y poderosamente importante. Corrían los primeros meses  del  año de 1986 y el fútbol bullía en los predios huarinos, equipos importantes animaban disputados campeonatos tanto a nivel distrital y cuanto a nivel provincial.  “Los amigos del Puchca”, “Atlético Minero”, Alianza Carmen Milagro”,  “San Bartolomé”, “Caritas Huari” y nuestra “Gloriosa rosada”, entre otros,  convirtieron la década ochentera en una de las más competitivas  y vibrantes. Aquel año, la Micro Región, se sumó a la competencia y para el efecto trajo jugadores de las ligas costeras y se propuso desmantelar  a los equipos de la ciudad, entre  otros a San Juan. A dos de los nuestros nos ofertaron jugar, ofreciendo por nuestra carta pase  una suma importante, y además, en mi caso, me ofrecieron ponerme en planilla y pagarme el sueldo de un empleado. La oferta, en verdad,  me hizo  trastabillar y si no fuera por la intervención terca de Franklin que negose a cualquier transacción pese a mi aceptación,  y posteriormente a la invocación  de mi papá, el cordón umbilical con mi San Juan, materia de mi orgullo eterno,  se hubiera roto y  desangrado de felonía  y,  hoy por hoy,  sentiría vergüenza de contarlo.
Y justamente, el partido inaugural de aquel campeonato lo jugamos con el poderoso equipo de la “Micro región”  que nos había   arrebatado al mejor de nuestros “zagueros”, sin embargo reforzados en aquel campeonato, por Juan Vidal, Carlos Huerta “Millqui” y Alfredo Vergara le infringimos una abultada goleada de 4 a 0. Al  final del mismo se me acercó Franklin y me dijo: Doto, si te ibas te cagabas, me abrazó paternalmente  y yo le agradecí  casi llorando. El tiempo pasó y años después tuve la inmensa fortuna de  tomarle la posta como capitán del más glorioso de los equipos huarinos.
Ve con tranquilidad mi querido Franklin, baluarte de mi Pukutay querido,  amigo de mis amigos, hermano de mis hermanos en el deporte, camarada entrañable de “Los Vaporinos”, maestro de maestros. Ve tranquilo estimado “Cutu Kunca”,  porque  no has muerto,  como decía la gran Isabel Allende: “La  muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan”.  La muerte no nos roba los seres amados, al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo, La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente.
 
                A su esposa, hijos, nietos, hermanos  y demás familiares les extiendo mi más sentida condolencia. AMÉN. 
CAMPEON DE LA LIGA DISTRITAL - COPA PERÚ 1982


 

jueves, 24 de mayo de 2018

¡NUESTRO PARQUE VIGIL! ¿Por qué VIGIL?


                “Parque Vigil”:  dueto de palabras con  celditas sonoras  de  agradable y nostálgica    melodía,  asociado   a los momentos cumbre de mi niñez y mocedad. Significante de  aquel  espacio  que  convocara mi  inquieta  presencia  cuando niño y mis travesías  agitadas y alborotadas cargadas de sueños y locas ilusiones cuando joven. “Alameda pampa”  acostumbraban llamarlo  los  mayores  y alguien tuvo que cambiarle el nombre  en algún recodo cronológico del siglo pasado o antepasado urgido por su metamorfosis  de lóbrego oconal  en  alameda apacible donde reposaban los sueños de los habitantes de  nuestra ciudad  emergente y todavía  precaria. Solamente  las  casonas señoriales de propiedad de la aristocracia huarina, los Angulo y los Barrón, entre otras,  se alzaban imponentes dando fe de la realidad socioeconómica  de aquellos años.
                Este espacio parco y  relajado   que cohabita  en nuestro terruño   de cielo  azulejo, de  sol y luna  radiantes en días de estío y en noches de  plenilunio, vigilado  desde  el oriente por  el eterno “Llamog”  y desde  el  occidente  por el  gigante  Tukuwaganga” moles con alma y vida; y  se recrea   con la lluvia juguetona de los febreros y marzos  y  con el viento travieso de los agostos tediosos en persecución obstinada  de acrobáticas  hojarascas y de cuando en cuando acogiendo a huéspedes  como el “Shukukuy”,   fugaces   torbellinos  que  levantan  polvaredas y que según nuestros abuelos son almas de los hijos ingratos que  van arrastrados por el viento gritando y lamentándose alocados. 
Parque de historias mil, el que nos extendiera  la mano,  unas veces rozando las nuestras con pétalos  de flores de  sus espaciosos  jardines,  y otras,   con los lomos  ásperos  de  sus  verdes   alpacas ornamentales;  espacio  ineludible de niños, jóvenes y ancianos, escucha de sus  tertulias y  confidente implacable de las mismas. Hoy,  24 de mayo,  cuando mi Huari acaba de concluir  sus celebraciones  por  sus   197 años  de creación política,  a solo tres años de su  bicentenario, le saludo, aunque tardíamente, con afecto inmenso  y compromiso indeclinable,  desde mí  torreón imaginario;  y hoy justamente  a manera de saludo,   intentaré develar el origen del nombre de uno de sus espacios más emblemáticos como  es el “PARQUE VIGIL”
  ¿Por qué Vigil?  ¿En qué pila bautismal nació tu nombre?  Desafortunadamente no existen referencias sobre el particular, ni en las bibliotecas, ni hemerotecas; ni privadas, ni   públicas. No obstante recurrí a  Don Wenceslao Avendaño Morales, nuestro primer alcalde democráticamente elegido,  él me refirió  algo sobre el particular  y a partir de ese dato  y esa pista  he intentado acercarme temerariamente a la verdad, dejando en claro que la temeridad  va por el lado de que alguien desbarate esta versión y pueda quedar desaforado de la credibilidad de mis lectores, por lo que con antelación, si esto ocurriera,   les ofrezco las dispensas.    
Según Don Wenceslao, nuestro casi “centenario informante” (tiene 97 años), el nombre “VIGIL” data de inicios de la  primera mitad del S.XX, cuando algún miembro de la aristocracia huarina de entonces,  probablemente estudiante universitario,   de la progenie de los Barrón Angulo,  y asiduo lector  de un literato argentino apellidado  “VIGIL”, sugirió este apellido  para nombrar a nuestro parque, sustentándolo seguramente con entusiasmo  ante los suyos para  conseguir su asentimiento  y  posterior  registro en el libro de incidencias importantes que la memoria colectiva ha logrado perennizarla con el nombre de  “PARQUE VIGIL”.
 ¿Quién fue el  literato que inspiró tamaña simpatía?   Hurgando en la historia literaria argentina de principios del siglo anterior ubiqué el siguiente nombre: Constancio  C. Vigil, una de las figuras más destacadas de la literatura infantil hispanoamericana del siglo XX, cuya obra  ha sido  traducida a numerosos idiomas, fue una  personalidad reconocida  en los principales cenáculos literarios de Uruguay y Argentina y se  cuentan entre sus más célebres obras para niños: “Cartas a la gente menuda”,  “Botón Tolón”,  “El pirincho enfermo” “Los escarabajos y la moneda de oro” y “Tragapatos”.  Este escritor rioplatense nacido en Rocha Uruguay (1876)   y muerto en  Buenos Aires (1954)  es el que más se  acerca al perfil del personaje que nos refirió el ilustre nonagenario, y probablemente sea el dueño del apellido que complementa el nombre de nuestro cuadrilátero entrañable. La coetaneidad  del auge de la obra del  literato mencionado   con la aparición del nombre Parque Vigil  confirmarían esta hipótesis.    
No sé cuánto sirva esta nota o  este dato,  lo dejo a criterio  de mis lectores  o de algún otro  entendido que pueda aportar  mayores luces.   Si me atreví a escribirlo es también como una especia de  panegírico ofrendado por este  cóndor nostálgico  a uno de los  importantes espacios  de  su ciudad natal.  Cada nombre que anoche  mi padre me soltara para ilustrarme sobre la historia  y las  células vitales del corpus frondoso de nuestra legendaria “Alameda Pampa”  resultan relevantes para este  escribidor  esporádico: Alameda, Saucecito, Pérgola, Capilla, Pileta, Oconal;   y nombres y apellidos preclaros  como los Angulo Barrón, Los Montes, los Guzmán Barrón,  Manuel Alvarez, Los Herrera, Márquez Rondón,  Víctor Osorio, etc.  Es que La “Alameda pampa”  estuvo  otrora, rodeada   de casonas y solares  y bendecida  por la   “Capilla de San Francisco” de nostálgicas y  numerosas remembranzas,   propiedad de Doña Carmen Angulo, dama de añoso abolengo y cabal representante de la aristocracia huarina de entonces,  y cerca de este recinto católico creció y fructificó   altivo, frondoso y lozano “El saucecito”,  árbol símbolo de aquellos años que sirviera  de cobijo a las  avecillas ,  y  que bajo su condoliente  y hospitalaria fronda, los    campesinos,   acostumbraban  vender sus minucias  y en el medio día almorzar bajo el arrullo de las aves y el tropel esporádico   de los caminantes.  Sirvió también de  inspiración a los poetas y bohemios de la época, los que nos han dejado  sentidos versos y hermosas melodías que, los huarinos de corazón,  solemos recitarlos y cantarlos con emoción cual  himnos  a nuestro pasado:  “Alameda pampa sacucesito, imanirmi garwaranki, mayta noga garwarasu brazun brazun purillarsi” 
En el ombligo del parque, contóme mi padre,  se alzaba una pérgola   donde  se realizaban  eventos de carácter público, no hay registros fotográficos de aquello, pero si referencias de su ubicación y su utilidad. Posteriormente,  en esta  área,  se construyó la pileta custodiada por  rapaces y noctámbulos búhos donde se alza  el monumento al Niño construido   por  un grupo de estudiantes  de la Escuela Normal.  Aquel niño enhiesto, altivo  y que jamás envejece, es ciertamente el símbolo de la esperanza y el estoicismo   de un pueblo asolado por la ineptitud y la corrupción, que  sin embargo  se mantiene en pie  pese a los  impresentables que le han robado y siguen robando su presente y su futuro.  
Como todo espacio geográfico, nuestro PARQUE VIGIL, ha sufrido modificaciones, algunas caprichosas e impertinentes  motivadas por el dolo impune, como siempre suele ocurrir en nuestro pueblo noble y a veces aletargado. Basta repasar las modificaciones hechas  a  nuestra plaza mayor en los últimos 50 años, y un mero esfuerzo matemático para sacar el estimado de la inversión  hecha,  para desplomarnos de indignación ¿Qué es hoy por hoy la plaza mayor?  Con el respeto que me merece su historia, más parece un canchita de fulbito y con tribuna incluida. Sin  lugar a dudas nuestro Parque Vigil es, y de lejos, arquitectónicamente mejor logrado.
Hace casi dos años que no vuelvo a mi terruño, creo que mucho tiempo, Dios mediante  prontito estaré por esos lares para darme una vueltecita  por sus estrechas arterias, por sus hermosos miradores  o por algún lugar escondido para recrear algún momento de mi niñez y adolescencia,  llevando en mi equipaje   algún poema, algún lamento, alguna proclama… Ahí estaré tierra mía (…)













domingo, 13 de mayo de 2018

TRES POEMAS Y UN TRIBUTO



( 13 de mayo de 1993, en la foto aparecen entre otros, la esposa
del director de Huarilindo y la joven  poetisa huarina Yoshi Sotomayor, ambas mis alumnas)

Con estos tres   poemas, escritos durante su paso  por la Escuela “Virgen de Fátima”, este cóndor nostálgico rinde tribulo a la institución Educativa  que le cobijó durante su educación primaria,  y posteriormente  como docente por largos diez años (1993-2003)


Escuelita
I
Ayer  papito me trajo
A tus aulas calurosas
Para con juegos y trabajo
Aprenda muchas cosas
II
Curso el primer grado
Aún soy un Benjamín
Me preparo con agrado
¡Para ser tu paladín!
III
Tengo hermanos mayores
Ayer los conocí
Son como un jardín de flores
Y color de carmesí
IV
Hoy te conozco más
Sé de tus desvelos
A todos tus niños amas
¡Contentos quieres verlos!
V
Conocí a la patrona 
Y su nombre indagué
Es la Virgen de Fátima
A quien veneraré

Escuelita de mi Pueblo
I
Escuelita de mi pueblo
Solar de luces
De cantos y trinos
Y eternas sonrisas.
II
Tu viejo patio
Esgrime orgulloso
Sus huellas vetustas
De rastros andados
III
Hoy en tu día
 Te siento más cerca
Mi canto y un beso
Grafican mi ofrenda
IV
De tu vientre fecundo
Salieron al mundo
A rauda carrera
Tus hijos de siempre
V
Hoy son de la patria
Pilares de acero
Y de nuestro Huari
Bastiones de fe.
VI
Escuela de pueblo
Regazo de amor
De sol y lluvia
 Que exhalas saber.

La despedida
I
Un día anclé en tu puerto
Portento de esperanza
Para aprender en tu seno
La imagen de la verdad.
II
Hoy vuelvo al barco de mis ilusiones
A recorrer el mundo por otros lares
Te dejo mi infancia, mis cándidos sueños
¡Adiós escuelita, hasta siempre será!
III
Volveré en el mañana, a pasear mis recuerdos
En tus viejas aulas curtidas de fe
Y en raído patio, sigiloso testigo
Buscaré los rastros de mi feliz niñez.
IV
Cuando el tiempo en feliz parto
Convierta mis sueños en hermosa realidad
Brindaré contigo en idílica boda
Santuario fecundo, regazo sin par.
V
En esta hora, de mustia despedida
Con reverencia ofrendo mi gratitud
A mis maestros resignados mensajeros
De la ciencia, el derecho y el deber.
VI
¡Adiós aposento de la sabiduría!
¡Adiós cofradía de la paz!
Un día volveré a tus pasillos
Tras mis pasos perdidos a caminar.

Extraídos el poemario inédito
“Sueños, montañas y versos”